sábado, 7 de septiembre de 2013

La trascendencia de la Historia Local


0393Es sabido por todos los presentes que por Historia Local se entiende en la actualidad la ciencia histórica que tiene como objeto fundamental el estudio del pasado de una comunidad local o territorio determinado.

Se trata, por tanto, de una fecunda y antigua especialidad de la tradición historiográfica española, que hunde sus raíces en los grandes analistas y cronistas tardo-medievales y modernos, y que alcanzaría para la Provincia de Sevilla un notable desarrollo cuantitativo desde finales del siglo XIX al primer tercio del siglo XX.


Esta práctica historiográfica, producto de una tendencia, sin duda románica y erudita, puramente descriptiva de la historia más cronológica y de querencia siempre evenemencial y positivista, se justificaba entonces, en muchos círculos universitarios y académicos, como el paso previo y necesario –indispensable, mejor- para efectuar la gran síntesis del conocimiento acumulado, general o global, a nivel regional o nacional.

Sin embargo, como esta última fase casi nunca se realizaba por las dificultades técnicas y las limitaciones científicas de la época o más grave aun por las restricciones de las fuentes y la heurística local en La Trascendencia de la Historia Local desorganizados e inaccesibles archivos municipales y parroquiales básicamente, provocaría hasta mediados del siglo pasado que el tremendo esfuerzo de "acarreo informativo" realizado por historiadores e investigadores locales durante decenios mostrara únicamente trabajos individuales, muy descriptivos y sin ninguna relación entre sí. Lo que acrecentaría la conceptualización de la historia local como un mero subproducto cultural, escasamente científico; aunque formara parte, lógicamente, del conjunto de los valores y las conductas colectivas de un determinado grupo humano o de una localidad concreta en el espacio y el tiempo.

La revolución metodológica de mediados del siglo XX, liderada por la escuela francesa de la Revista Annales, revalorizó en al década de los sesenta la historia local, apreciando justamente su denostado sentido evenemencial – la llamada historia historizante- ante la injusticia de los numerosos ataques de la nueva y pujante historia social y económica global de articulación marxista.

Los modernos seguidores de Annales rescatarían definitivamente la historia local del puro costumbrismo, ya a partir de la década de los setenta y ochenta- lo que en España coincidió con la transición democrática y el boom historiográfico municipal- para elevarla definitivamente a una categoría superior; y no sólo como proveedora de información –en muchos casos perdida- para nuevos los La Trascendencia de la Historia Local enfoques globales, sino como laboratorio de modernas ideas y planteamientos metodológicos relacionados con historia de las mentalidades y la microhistoria, que redescubrieron en el ámbito local un notable interés científico.

Efectivamente, la moderna renovación de la histórica loca debe hoy mucho en primer lugar a la generalización por los historiadores locales, mayoritariamente de formación universitaria, del llamado método comparativo; en segundo lugar, a la adecuada contextualización de los casos individuales en procesos estructurales globales, y en tercer lugar a la progresiva ampliación de los periodos y los espacios bajo análisis pasando de lo estrictamente municipal a lo comarcal; lo que ha permitido a la larga cortejar estructuras y procesos generales locales en ámbitos sociales y territoriales muchos más vastos, sin abandonar por ello las estructuras espaciales tradicionales.

De esta manera se ha abierto recientemente un espacio importante para articular históricamente los procesos generales y las experiencias locales de un modo coherente y con rigor científico, acercando el conocimiento y la comprensión histórica a la vida cotidiana de las personas y a sus hábitats sociales más inmediatos.

El reciente empuje de la historia local creo que radica en la aplicación con éxito de estos presupuestos; pues lejos de dogmáticos narrativos localistas aspira hoy a explicar procesos coyunturales del presente comarcal insertos en ámbitos estructurales regionales o globales. En una palabra, pretende acercar la historia a todas las personas que la protagonizan más allá del municipio, es decir; a la comarca.

Aquí radica – a mi entender- gran parte del futuro de la veterana Historia Local. Algo que desde la ASCIL siempre se ha tenido muy claro en sus diferentes Jornadas de Historia sobre la Provincia de Sevilla; abundar en el conocimiento local de los procesos históricos comárcales.

Pero en la elaboración de un proyecto de investigación de esta índole en el campo de la historia local la elección y la delimitación del espacio y su comunidad no sólo deben ser fundamentales sino que tienen que ser adecuadamente contextualizados en el marco de la región.

Y aquí los historiadores locales no dejamos llevar, muchas veces, por un evidente localismo que es preciso superar para no caer en tópicos provincianos, ya desfasados.

Es preciso delimitar científicamente en que medida las comunidades objeto de análisis se asemejan o difieren de otras ubicadas en entornos próximos, y si comparten o no modelos estructurales globales. La comparación es un procedimiento básico para identificar las eventuales especificidades de la localidad seleccionada, aspectos claves para comprender la formación y evolución histórica de las identidades locales. Se trata - a mi modo de ver- de una labor imprescindible que el historiador e investigador local no debe nunca minimizar. Comparar es hoy por hoy hacer historia local.

Esta tarea debe verse obligatoriamente complementada, como en cualquier otra investigación histórica, con una actitud critica con respecto a la cantidad y calidad de la información documental o bibliográfica recopilada. Es necesario, pues, no dejarse seducir por la información, aunque pueda parecernos interesante, incluso original y divertida, pero que en cuanto a la investigación científica y al objeto de estudio, suele ser en muchos casos marginal. En consecuencia, se imponte como tarea básica del historiador local la selección de los datos, pues, aunque valiosos en otros contextos, no se relacionan con el tema que nos interesa. El analista local siempre debe estar preparado para descartar buena parte de las fuentes que genera y recopila. No debemos ser bohemios coleccionistas de la información histórica, sino simplemente sus exégetas.

La historia local, examinada a la luz de lo expuesto más arriba, se nos presenta en el futuro más inmediato como una opción válida del conocimiento que ha sido reconstruida y reformada en el nuevo marco del desarrollo reciente de la moderna disciplina histórica. Las posibilidades disponibles para practicarla son amplias, polivalentes y variadas. Y los enfoques diversos y multidisciplinares. Lo ha señalado en reiterada ocasiones investigadores y universitarios sevillanos de la talla de los profesores Antonio Miguel Bernal y Carlos Álvarez Santaló.

Sería prolijo por mi parte repetir ahora sus conocidos y sabios argumentos a favor de la nueva Historia Local que están en al mente de muchos.

Sin embargo, hay también peligros, limitaciones y problemas en la historiografía local. No me refiero a los ya señalados por mi colega y querido amigo Juan José Iglesia en una extraordinaria conferencia sobre los <> del historiador local; sino aquellos relacionados directamente con la metodología empleada y el producto histórico final.

En este sentido, el problema no radicaría precisamente en la escala del estudio - local versus global- sino en el rigor del método de análisis comparado y en la relevancia científica de los resultados. Pues existe una buena y una mala historia local, como también existe una buena y una mala historia global o, sencillamente, una buena y una mala historia, con independencia del ámbito territorial o temático abordado. La clave de la buena historia local consiste precisamente en no conceptuarla aislada de su entorno por un exacerbado celo al terruño.

En efecto, la eclosión de la buena historia local está progresivamente desplazando a la llamada < historia desde arriba> por la también llamada , hemos dejado de atender en exclusiva a las grandes personalidades y a las grades superestructuras globales para comenzar a preocuparnos primero por las élites y desde allí por los grupos mayoritarios y anónimos locales, comarcales o regionales.

De alguna manera, este método cognoscitivo pretende devolver a las personas anónimas – ágrafas y analfabetas- como sujeto activo el protagonismo de su historia; lo que ya apuntaba la alguna historia local decimonónica, tan injustamente preterida y denostada por muchos ámbitos universitarios. En un mundo tan globalizado como el nuestro la vuelta al estudio de las personas singulares y de las comunidades específicas es una saludable tarea. Si bien la labor del investigador local como historiador no minimiza desde luego el conocimiento global de los universos mentales generalistas y estructurales; por el contrario, busca justificarlos y en cierto modo explicarlos en una red social de comarcas y localidades más modestas y próximas.

En este sentido, la historia que hacemos no es cualitativamente distinta de la que elaboran nuestros críticos. A veces está orientada a la resolución de problemas decisivos y a veces nos entretenemos y nos perdemos en vicios y corruptelas, como ellos, en detalles prescindibles. A veces usamos fuente documentales novedosas y originales, y otras nos limitamos a seguir caminos ya trillados, como hacen nuestros críticos.

Ahora bien el hecho de trabajar sobre comunidades reducidas permite un tratamiento más exhaustivo de los ejemplos y de los temas seleccionados, así como realizar – como ha venido haciendo desde siempre la historia local- auténticos estudios de Historia Total, como señalara Pierre Vilar hace ya más treinta años.

Sólo entonces la labor del historiador, del investigador local, aparece como una forma de rescatar a los sujetos históricos comunes, que habían sido excluidos de la historia oficial, salvando del olvido los procesos individuales y sociales del quehacer cotidiano de una determinada comunidad.

Así pues, se produce entre nosotros – como entre ellos.- historias locales de buena calidad, de calidad media y de pésima calidad. Pero – mis queridos amigos- contamos con una notable ventaja cuantitativa: somas más y progresivamente también mejores. La ley del número se impone para lo bueno para lo malo. Porque los historiadores e investigadores locales andaluces – sevillanos en particular- tal vez no hemos sabido vender el producto de nuestro trabajo como algo riguroso y serio ante las instituciones publicas y privadas de investigación o gestión cultura, más allá de los municipios y las corporaciones provinciales. En este sentido, la Diputación de Sevilla, Archivo Hispalense y la Casa de la Provincia han sido una honrosa excepción desde hace ya casi un siglo a favor de la Historia Local.

Pues un problema grave de la historia local ha sido y en gran parte lo sigue siendo la difusión y no tanto la edición de las monografías, actas de coloquios, encuentros, jornadas, etc. En muchos casos, aun a pesar de una elevada producción, resulta complicado que estos trabajos lleguen más allá del ámbito comarca y provincial, ni siquiera a las grandes bibliotecas nacionales. Últimamente la aparición de los nuevos medios informático- Internet, sobre todo- ha abierto nuevas posibilidades, especialmente en el campo de la distribución. Sirvan de ejemplo estas bellas palabras del profesor de la Universidad de Essex y director de la Colección de Historias Locales de la Biblioteca Británica de Londres, Sr. Paul Thompso.

Me gustaría hacer ahora un último comentario sobre la trascendencia de la Historia Local en la actualidad. La discusión en torno a la historia local, a su papel en la academia y en la universidad española, sobre su transcendencia social, no deja de ser ya un puro bizantinismo desde el mismo en que se plantea. Siguiendo al profesor de la Universidat de Rovira i Virgili de Tarragona el Dr. Pere Anguera, no he creído nunca- como todos los historiadores e investigadores locales- que la división correcta sea entre historia local y nacional. La única segmentación posible es la que separa los buenos estudios históricos de los inservibles, prescindiendo absolutamente de su ámbito de análisis.

Ahora bien es cierto que hay todavía historiadores e investigadores locales aficionados, mediocres, o francamente deleznables, pedidos en las rancias metodologías de la erudición decimonónica más peyorativa, aun no superada por una evidente falta de formación; pero es igualmente obvio que supuestos historiadores globales o generales, algunos de ellos bajo altos patrocinios académicos o universitarios y reiteradamente premiados, llenan de sonrojo con sus obras a todos aquellos historiadores que con rigor y tesón elaboran excelentes estudios de supuesta historia local y cuyas obras son imprescindibles para una mayor comprensión de la evolución histórica de su comarca, de su comunidad, de su nación e incluso de Europa.
Y ya para concluir me gustaría cerrar esta modesta intervención a modo de reflexión con las palabras de uno de mis grandes maestros universitarios que, como a otros muchos jóvenes de mi generación, nos inculcó la afición por la lectura y la reflexión histórica, el profesor Álvarez Santaló:

Historia local para ser comprendida como la historia de la sociedad, incluyendo los miedos, las miserias y las vanidades de la sociedad. Historia local anatómica, de organismos (que son siempre estructuras coherentes) y no de radiografías. Historia local para entender procesos con sus conexiones y no teselas descontextualizadas. Historia local de redes significativas que deben ser descritas pero también explicadas y, sobre todo, tenidas en cuenta; para apasionarse, no para vociferar, para conocer, no para parecer conocido. Es decir, historia local, o simplemente HISTORIA.

Muchas gracias.
Manuel García Fernández
Catedrático de Historia Medieval
Universidad de Sevilla

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